5 minutos te separan de la muerte

Hoy estoy de aniversario. Aniversario de vida, porque hace exactamente 4 años, estuve muy cerca de perderla. Les quiero compartir algo que escribí en ese momento como experiencia de vida.

Todo inicia debido a una mente ingenua que no prevé el peligro. Eso y una serie de acciones que en el momento no se razonaron mucho, fueron los elementos necesarios que me llevaron tan cerca de ese desconocido “más allá”.

Recuerdo tan claramente aquella sensación de ahogo, mientras me sentía suspendida en el vacío y pensaba que aquel momento podía ser el último de mi vida. Sentirme abrazada por la inmensidad del mar, en realidad no tanto “abrazada”, porque un abrazo es amistoso. Me sentí atrapada, como que en cierto modo me deseaba, soltarme no era algo a lo que iba a ceder. Era un mar caprichoso, tempestuoso, que iba a demostrar su poder sobre mi débil cuerpo lastimado.

Batí mis manos en el aire, pedí ayuda. Sin embargo, a lo lejos nadie se movió, nadie se alarmó. ¿Acaso aquello que veían era un espectáculo de circo? El cual podían ver sin reaccionar, simplemente observando. Así parecía y entendí, que debía salir por mis propios medios. Nadie iba a correr al agua y extender su brazo, no se escuchó ni un solo grito de ayuda, estaba por mi cuenta en ese momento.

Esa mañana me desperté pensando que sería un buen día, un día más de disfrute. Nos encontrábamos en un viaje entre compañeras de la universidad, estábamos celebrando la conclusión de un etapa académica que a todas nos había demandado mucho esfuerzo. Jamás imaginé que en ese mismo viaje, casi concluye la más grande de todas las etapas, mi propia vida.

El día anterior había salido a practicar snorkeling, pero como si fuera una aviso del destino, esa actividad había tenido que concluir abruptamente por una pequeña lesión que sufrió mi amiga con la que andaba. Sin entender el mensaje que me fue enviado, planee volver sola el día siguiente.

El día era hermoso, en aquella playa llena de conchas y mar celeste, el sol estaba en lo alto, con el cielo despejado, las personas disfrutaban aquel paisaje y nada podía ser mejor. Las familias sonreían mientras los niños jugaban, las muchachas se bronceaban o descansaban en la sombra, cada uno disfrutaba a su manera de aquel espectáculo natural.

Para mi grata sorpresa, el primer pez que vi era uno pequeño de color azul, este con sus rayas horizontales que parecían tener un color azulado fosforescente, era simplemente hermoso, lo siguieron un grupo de pequeños peces amarillos y así poco a poco, toda la fauna marina de entre las rocas, fue dejando su timidez y acercándose a mí.

Yo, quien una vez de niña pensó volverse bióloga marina, estaba simplemente fascinada. Me dejaba llevar por las pequeñas olas que llegaban, salía a respirar con mi boca muy poco, sólo para que las personas no se asustaran con aquel cuerpo flotante. Donde me encontraba haciendo snorkeling era una formación rocosa y coralina que se adentraba hasta el mar, al menos unos 50 metros. Poco a poco me fui adentrando, la profundidad se perdió y empecé a caminar sobre las rocas.

Las grandes rocas del final formaban un rompeolas, al que llegué lentamente y por simple curiosidad. Me senté en él, una ola llegó, rompió con fuerza tímida contra la roca, elevó una pequeña brisa que me dejó ver un tenue arcoíris, un paisaje que jamás me dejaría vislumbrar lo que seguía. Otra ola le siguió, esta vino con más fuerza y justo en ese momento pensé que podía encontrarme en un lugar inseguro, si la fuerza de las olas seguía aumentando.

Desde el punto donde estaba, nadar hacia la costa era muy lejos, temía que la marea y las olas no me dejaran llegar. Caminar sobre las rocas era lo único que podía hacer.

Mientras en mi mente analizaba esas opciones, llegó… la furia que temía. Aquella ola violenta, tempestuosa, me lanzó con fuerza contra muchas otras rocas, fueron segundos en los que sentí mi cuerpo ser nada más que un muñeco de trapo. Por instinto de algún modo encontré donde colocar mis pies, me cimenté y la fuerza del agua siguió corriendo pero no me lastimó más. En ese momento tuve miedo, si las olas seguían llegando como esta, no había forma de que llegara a la costa ilesa, ya que aún era un largo camino de rocas el que tenía frente a mí.

Otra ola le siguió, abracé con fuerza una roca, pensé que podía sacrificar mis brazos, pero no quería que mi cuerpo fuera lanzado de nuevo; esta no tenía la misma fuerza que la anterior, tal vez aún había esperanzas para mí. Seguí intentando caminar sobre las rocas, pero mis piernas temblaban, había temor en mí, y la adrenalina se aceleraba; además perdía mucha sangre, sólo que en ese momento aún no lo notaba.

Cuando la siguiente ola llegó, me arrastró consigo sobre las rocas, mis brazos pagaron el precio de que mi cabeza saliera ilesa; pero en este punto ya estaba más adelante. Pensé que tenía 2 opciones: seguir sobre las rocas o intentar nadar hacia la orilla. Cuando la tercer ola fuerte llegó, mi decisión fue tomada por la naturaleza de la ola, ya que ésta me arrastró al mar donde me vi forzada a intentar nadar para salir.

Ese fue el punto donde sentí que me ahogaba. El mar caprichoso, no me soltaba, elevaba una ola, sobre la otra, las corrientes parecían haber danzado alrededor de mis piernas para sujetarlas. Estaba atrapada, pero ese no podía ser el final.  Entre las muchas cosas absurdas  que han pasado por mi mente, una vez me puse a clasificar a qué muertes les tenía más miedo y en el top de mi lista estaba esto y morir quemada. Realmente no quería morir en una de las formas que más temía. Morir ahogada. No es sólo la desesperación de verte limitada por tus propias fuerzas, sino la impotencia de sentir como el aire de tus pulmones es reemplazado por agua y no cualquier agua, agua salada, agua pesada, agua que se siente sucia y que a su paso te ciega.

Luego de intentar pedir ayuda y al no obtener ningún resultado, decidí que debía salir, que no podía dejarme vencer, que aún había mucho que podía hacer, que mientras tuviera consciencia y algo de fuerza seguiría, seguiría y así fue.

Llegué a la costa donde inofensivas llegaban las olas que me había hecho tanto daño y simplemente respiré, respiré y respiré. A como pude me puse de pie e inmediatamente sentí la falta de fuerza en mis piernas. Caminé hacia donde estaban mis amigas a lo lejos, ignorantes de la verdadera agonía que había pasado. Asustadas me miraron pero las tranquilicé, me hice una vez más la fuerte, ya que no me gusta preocupar a los demás siempre que pueda resolver algo por mí misma. Caminé hacia los paramédicos, lento, meditabunda y algo débil, mientras dejaba un rastro de sangre en aquella playa llena de conchas blancas…

Creo que en esos momentos realmente fui privilegiada, fui guardada por Dios de una situación que pudo acarrear consecuencias letales. Siempre he tenido problemas debido a mi inhabilidad de prever situaciones de gran peligro. Antes de que me atendieran los paramédicos, mis amigas ya estaban ahí, asustadas por lo que me había acontecido, regañándome como mamás que en el fondo lo que tienen es una gran preocupación por sus hijos. Realmente soy privilegiada de tener gente así cerca, me hubiera dolido mucho dejarles ese tipo de trauma.

Gracias a Dios no estaba en su plan que me fuera de esa manera, pero todo lo que pasamos nos sirve para algo. Definitivamente creo que tengo que poner más esfuerzo y atención a este tipo de situaciones que fácilmente me han puesto en peligro por mi ligero pensar sobre ellas. Debo tener al menos en estos casos, una mente más maliciosa, pero sin que ello me prive de vivir mi vida y disfrutarla, porque tampoco me servirá de mucho vivir una vida con miedo de todo. Ningún extremo es bueno.

En fin, fue una experiencia interesante, que no me impidió continuar disfrutando mi viaje, es más siento que lo hizo más enriquecedor de lo que pensaba. Tengo algunas lesiones en brazos, piernas y cadera, parece que las rocas no iban a regalar enseñanzas de vida, así a la ligera. Pero nada que el tiempo  no cure y vale la pena en relación a lo que recibí.

Dey

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